Colección 30 años - Los archivos de la Democracia

Culturas, lenguajes y protagonistas

A partir de la apertura democrática, la sociedad argentina experimentó un proceso de transformación de gran impacto y productividad en el campo de la cultura. Nuevas concepciones y relaciones en las prácticas artísticas y comunicacionales emergieron en la posdictadura.

Uno de los rasgos centrales de la temprana democracia es la reapropiación del espacio público: primero, a partir de la movilización política que implicó el regreso a las urnas con la multiplicación de los actos partidarios y, paralelamente, la movilización juvenil. Esta última tuvo sus expresiones más multitudinarias en torno a la música, fundamentalmente convocada por el denominado rocanrol nacional (que se había instalado en los medios a partir de la guerra de Malvinas) y por la canción latinoamericana y la música de raíz folclórica, géneros estos más ligados a la militancia social y política. Tanto los recitales gratuitos al aire libre promovidos por el gobierno como los eventos musicales de carácter masivo que convocaron a los jóvenes de los ochenta fueron espacios articuladores de identidades que devinieron luego en colectivos y tribus juveniles.

El cuestionamiento a una cultura autoritaria, jerárquica y verticalista fue encontrando cauce en nuevas formas de comunicación y expresión que vehiculizaron organizaciones sociales y no gubernamentales. Medios de comunicación comunitarios —radios, periódicos, revistas y hasta canales de televisión—, espacios artísticos y proyectos culturales barriales —talleres literarios y de música, grupos de teatro, murgas, etc.— diseminados por todo el país, fueron los laboratorios donde diferentes grupos apostaron a la construcción de un tejido social a través de relaciones más horizontales y democráticas, revalorizando lo local y las propias producciones.

También desde el Estado se propiciaron espacios culturales accesibles y gratuitos, y se promovió la emergencia de nuevas expresiones artísticas, cuyo ejemplo paradigmático fue la institucionalización de la Bienal de Arte Joven, que significó la visibilización de la contracultura juvenil y de sus creadores.

El estallido expresivo de estos años provocó la reacción de grupos autoritarios, remanente de la dictadura, que mostraron su disconformidad mediante formas violentas. Sin embargo, el proceso de democratización ya estaba en marcha y había sido institucionalizado por el gobierno en 1984, cuando revocó las formas de censura vigentes. Un caso paradigmático en este sentido fue el del cine, que a partir de la ley 23.052 ya no volvería a ser sometido a prohibiciones y mutilaciones. Este nuevo marco fue una bocanada de oxígeno para la actividad, que también se vio beneficiada por políticas que apuntaron a reflotar la producción local, a recuperar el prestigio internacional del cine argentino y a promover la emergencia de nuevas propuestas estéticas y de producción. Había mucho para contar después de tanto silencio y, en ese sentido, el cine de los primeros años 80 actuó como constructor de identidades, como defensor del sistema democrático y como crítico de la sociedad, alentando con sus producciones el debate sobre la historia reciente.

El optimismo de estos años se quebró en 1989 con la caída de la producción cinematográfica; una aguda crisis retrajo al sector que recién en 1994 recuperó señales de vitalidad: ese año se sancionó la ley de cine y emergió el «nuevo cine argentino», fenómeno que comenzó a conquistar premios internacionales y a prestigiar nuestra cinematografía. También por estos años se fortalecieron y expandieron los festivales de cine.

En la última década, el crecimiento de esta industria cultural fue de la mano de las políticas culturales de fomento a la actividad: la creación del programa Espacios INCAA para garantizar la exhibición de la producción nacional, la ampliación del sistema de créditos y subsidios a la producción.

Otro importante indicador de cambio en el campo cinematográfico hacia fines de la década del ochenta fue la reducción de las salas tradicionales de exhibición en cantidad y tamaño para ser reemplazadas por salas multipantalla dentro de los nuevos centros comerciales, tendencia que consolidó a los grupos multinacionales de exhibición y distribución cinematográfica afincados en la Argentina. Asimismo, las películas se mudaron a los hogares gracias al auge del VHS en los noventa, que se continuó con la tecnología del DVD en el nuevo siglo. Esto ejemplifica el modo en que las innovaciones tecnológicas resultaron agentes del cambio en los consumos culturales que, marcados por la acción del marketing y la publicidad, propusieron a su vez nuevos «estilos de vida».

En términos de la cultura popular, las expresiones regionales también encontraron un nuevo cauce y se recuperaron tradiciones que implicaban movilización de personas. Se retomaron y transformaron los carnavales para adquirir carácter masivo: ejemplo de ello son los festejos en Humahuaca (Jujuy), Tucumán o Gualeguaychú (Entre Ríos); también se recuperaron las fiestas populares en general, ligadas a la religiosidad o al folclore de las diferentes provincias.

Nuevos colectivos sociales enriquecían y problematizaban las discusiones de la flamante democracia. Era el momento en que las mujeres comenzaban a organizarse en torno al género para debatir las construcciones sociales que las afectaban. En 1986 se realizó el primer Encuentro Nacional de Mujeres, que instaló un espacio amplio que en ediciones sucesivas se transformaría en multitudinario y, en noviembre de ese mismo año, inauguró Mitominas, primera megaexposición de mujeres artistas de todas las disciplinas que tomó una posición feminista y revolucionó los medios. Paralelamente, diferentes grupos postergados y marginados avanzaron en esos años constituyéndose en colectivos y haciendo visibles sus reivindicaciones. Es así que identidades gay, lesbianas, bisexuales, travestis y transgéneros celebraron en 1992 la primera marcha del orgullo en Buenos Aires, bajo la consigna «Libertad, Igualdad, Diversidad», y abrieron un espacio clave para la construcción de una sociedad capaz de reconocer y respetar al otro.

Ya instalada la década del noventa, el clima cultural cambiaba al ritmo de las políticas liberales que abraza el nuevo gobierno. Se observaba en el paisaje social un repliegue individual que ponía paños fríos al ambiente de reunión y movilización que caracterizó la década pasada. Frente al «congelamiento del tema DD. HH.» en los años noventa, emergió un nuevo tipo de activismo que definía su práctica como militancia política desde el arte. En general, se trataba de colectivos urbanos cuyas intervenciones de carácter efímero constituían denuncias a determinadas situaciones. Desde el mítico Siluetazo (1983), realizado a partir de las figuras de los desaparecidos, hasta la práctica del escrache (1995), que inauguró la agrupación de derechos humanos HIJOS para denunciar la impunidad de los genocidas, grupos como En trámite (Rosario), Costuras Urbanas (Córdoba), Escombros (La Plata), GAC, y Etcétera (Buenos Aires) desplegaron sus acciones en distintas ciudades del país, estrechando el vínculo entre arte y política.

En el ámbito de la cultura de masas, los cambios han sido vertiginosos a lo largo de estos 30 años. Las novedades que irrumpían afectarían no solo los consumos de los diferentes sectores de la sociedad, sino que dejarían sus marcas en los modos de relación, los estilos de vida y el uso del tiempo libre.

Es importante señalar que las industrias culturales registraron un importante crecimiento desde los años ochenta y, hacia la década de 1990, alcanzarían un elevado grado de concentración —tanto horizontalmente, en el mismo eslabón de la cadena productiva, como en sentido vertical, cuando un grupo controlaba diferentes eslabones hasta constituir conglomerados. A nivel de los medios masivos, se produjo una profunda reconfiguración en el período 1989-1999, con el marco de la Ley de Reforma del Estado. El punto de partida de este proceso fue la privatización de los canales 11 y 13 de televisión abierta, en manos del Estado durante la última dictadura. También el Congreso derogó el artículo 45 de la Ley de Radiodifusión, remanente del gobierno militar, que prohibía a los propietarios de medios gráficos tener participación accionaria en medios audiovisuales. Con estas políticas, se disparó un proceso de concentración mediática que se profundizaría a mediados de la década del noventa con la aparición la televisión por cable.

Tras muchos años de trabajo y discusión de diferentes sectores sociales y políticos para desarticular la ley de radiodifusión de la dictadura y plantear la necesidad urgente de ampliar la participación en el conglomerado mediático del sector público y de las organizaciones de la sociedad civil (cooperativas, mutuales, radios comunitarias y sindicatos), en 2010 se sancionó la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, norma que aún es resistida por los grupos monopólicos que impiden su aplicación plena.

Como podemos observar, a lo largo de estos 30 años se han transformado el espacio público y el privado, las prácticas y los consumos culturales, el arte, la comunicación y las culturas populares. Las TIC y su masificación han sido variables decisivas en esos cambios, capaces de producir un quiebre de cosmovisión que aún no podemos dimensionar, pero que tímidamente visualizamos en los modos masivos de percepción y apropiación de los productos culturales, en el acceso a espacios remotos, en la posibilidad de interacción a distancia y en las conexiones casi infinitas y la construcción de redes sociales.

Precisamente la colección por los 30 años es una muestra de la accesibilidad, las conexiones, la interactividad… En este archivo, que llamamos «Cultura, lenguajes y protagonistas», podremos acceder a documentos fotográficos, textuales, audiovisuales y sonoros que dan cuenta de algunos aspectos relevantes que transformaron el paisaje cultural en estas décadas.




 

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